Si quieres la paz

Lunes 15° Ordinario. Mt 10,34-11, 1

~ “No piensen que he venido a sembrar la paz en la tierra: no he venido a sembrar la paz, sino espadas; porque he venido a enemistar al hombre con su padre, a la hija con su madre, a la nuera con la suegra; así que los enemigos de uno serán los de su casa (Miq 7,6). El que quiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí; y el que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí. El que quiera asegurar su vida, la perderá y el que la pierda por causa de mí, la salvará. El que los recibe a ustedes, me recibe a mí, y el que me recibe a mí recibe al que me ha enviado. El que recibe a un profeta en calidad de profeta tendrá recompensa de profeta: el que recibe a un justo en calidad de justo, tendrá recompensa de justo; y cualquiera que le dé de beber aunque sea un vaso de agua fresca a uno de estos pequeños por su calidad de discípulo, no se quedará sin recompensa, se lo aseguro”. Sigue leyendo

¡Venzamos el miedo!

Sábado 14° Ordinario. Mateo 10, 24-33

~ En aquel tiempo, dijo Jesús a sus Apóstoles: “Un discípulo no es más que su maestro, ni un esclavo más que su amo; ya le basta al discípulo con ser como su maestro, y al esclavo como su amo. Si al dueño de la casa lo han llamado Belzebú, ¡cuánto más a los criados! No les tengan miedo, porque nada hay cubierto, que no llegue a descubrirse; nada hay escondido, que no llegue a saberse. Lo que les digo de noche, díganlo en pleno día, y lo que les digo al oído, pregónenlo desde la azotea. No tengan miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. No, más bien teman al que puede destruir con el fuego alma y cuerpo. ¿No se venden un par de gorriones por un centavo? Y, sin embargo, ni uno solo cae al suelo sin que lo disponga su Padre. Pues ustedes hasta los cabellos de la cabeza tienen contados. Por eso, no tengan miedo: no hay comparación entre ustedes y los gorriones. Si uno se pone de mi parte ante los hombres, yo también me pondré de su parte ante mi Padre del cielo. Y si uno me niega ante los hombres, yo también lo negaré ante mi Padre del cielo”. ~ Sigue leyendo

De equipaje ligero

Jueves 14° Ordinario. Mateo 10, 7-15

~ En aquel tiempo, dijo Jesús a sus Apóstoles: “¡Vayan y proclamen que el Reino de los Cielos está cerca! Curen enfermos, resuciten muertos, limpien leprosos, echen demonios. Lo que han recibido gratis, denlo gratis. No lleven en la faja oro, plata ni calderilla; ni tampoco alforja para el camino, ni otra túnica, ni sandalias, ni bastón; bien merece el obrero su sustento. Cuando entren en un pueblo o aldea, averigüen quién hay allí de confianza y quédense en su casa hasta que se vayan. Al entrar en una casa saluden; si la casa se lo merece, la paz que le desean vendrá a ella. Si no se lo merece, la paz volverá a ustedes. Si alguno no los recibe o no los escucha, al salir de su casa o del pueblo, sacúdanse el polvo de los pies. Les aseguro que el día del juicio les será más llevadero a Sodoma y Gomorra, que a aquel pueblo”. ~ Sigue leyendo

El perdón sana

Jueves 13° Ordinario. Mateo 9, 1-8

~ Subiendo a la barca, pasó a la otra orilla y vino a su ciudad. En esto le trajeron un paralítico postrado en una camilla. Viendo Jesús la fe de ellos, dijo al paralítico: “¡Ánimo!, hijo, tus pecados te son perdonados”. Pero he aquí que algunos escribas dijeron para sí: “Éste está blasfemando”. Jesús, conociendo sus pensamientos, dijo: “¿Por qué piensan mal en sus corazones? ¿Qué es más fácil, decir: ‘Tus pecados te son perdonados’, o decir: ‘Levántate y anda’? Pues para que sepan que el Hijo del hombre tiene en la tierra poder de perdonar pecados ––dijo entonces al paralítico––, levántate, toma tu camilla y vete a tu casa”. Él se levantó y se fue a su casa. Y al ver esto, la gente temió y glorificó a Dios, que había dado tal poder a los hombres. ~

Jesús, de regreso a su ciudad, encuentra en igual proporción fe que hostilidad. Quienes cargan al paralítico postrado en la camilla esperan el milagro de Jesús. Por su parte, los letrados no le dan crédito, sienten que Él se excede en sus atribuciones.

En el centro de este episodio encontramos una realidad grande; la persona humana tiene necesidad de los dos aspectos de la salvación: no solo la del cuerpo, sino la liberación de los pecados, la reconciliación con Dios. En tiempos de Jesús era más clara esta dualidad porque, en su cultura religiosa y social, un enfermo representaba el castigo o el abandono de Dios. Así, perdón y sanación iban de la mano.

Jesús traspasa la vida interior del enfermo. Por eso, lo primero que le quita es el peso de su conciencia de pecado. El efecto de esa primera liberación desencadena la otra: el restablecimiento de su enfermedad y la libertad para moverse con dignidad en medio del pueblo.

Jesús sana al enfermo, y así, a través de la imagen visible de la sanación, los letrados pierden en su reparo; y todos los asistentes pueden dar paso al hecho invisible del perdón de los pecados.

El enfermo y los cargadores habían formado una sola unidad, vinieron a Jesús con una fe grande. Consideremos que hoy también necesitamos formar una unidad semejante en nuestras estructuras familiares y sociales. También hoy somos los hombres en condición de muerte y con deseo de salvación los que estamos urgidos de encontrar la liberación. La fórmula está aquí: en saber pedir a Dios y entender no solo la salvación que aparece, sino la liberación interior.

Si lo pensamos bien, la clave para ser liberados, como personas y como sociedad, es la reconciliación. En sus tres referentes: con nosotros mismos, con nuestros hermanos y con Dios.

La necesidad más grande que Jesús leyó en el corazón de aquel enfermo era esta: no ser rechazado, ser reintegrado a la comunidad, ser amado por Dios.

Perdonemos para sanar, dejémonos perdonar y sanemos.

Oración:

Señor Jesús, necesito de tu perdón. No sé cuántas veces he sido un enfermo por no estar en relación contigo y con mis hermanos. Ahora lo veo con claridad. Creo que he desperdiciado un torrente de salud que siempre estuvo a mi mano. Ayúdame a no vivir más que de esta salvación temporal y eterna que nos ofreces.

Permite que junto con los míos, en casa, formemos una sola unidad de fe y te encontremos cuando sea necesario para que nos perdones y nos sanes. Amén.

¿Te atreves a cruzar? Atrévete a creer

 

Martes 13° Ordinario. Mateo 8, 23-27

~ Subió a la barca y sus discípulos le siguieron. De pronto se levantó en el mar una tempestad tan grande que la barca quedaba tapada por las olas; pero él estaba dormido. Acercándose ellos le despertaron diciendo: “¡Señor, sálvanos, que perecemos!”. Jesús les dijo: “¿Por qué tienen miedo, hombres de poca fe?”. Entonces se levantó, increpó a los vientos y al mar, y sobrevino una gran bonanza. Y aquellos hombres, maravillados, decían: “¿Quién es éste, que hasta los vientos y el mar le obedecen?”. ~

Mateo ha introducido este episodio en el marco de diez milagros, a través de los cuales intenta una catequesis. Al centro encontramos a Jesús como Dios y la urgencia de creer en Él.

Los discípulos han aceptado ir a tierras paganas, pero no comprenden que este camino pondrá en crisis sus anteriores seguridades.

La tempestad producida por la presencia de Jesús y los suyos entrando en territorio no judío simboliza la resistencia del paganismo a la misión. Pero no solo eso, también una cierta reticencia de los discípulos al nuevo horizonte que Jesús les abre. En otros episodios, sus discípulos habían constatado el dominio de Jesús sobre las fuerzas del mal en alguna persona, como es el caso de los endemoniados. Ahora ven que domina a la naturaleza. La relación inmediata que establecen es que Jesús reordena la creación, liberándola de las fuerzas del mal. Por eso dicen al final: “¿Quién es éste, que hasta los vientos y el mar le obedecen?”.

El miedo de los discípulos introduce el tema de la fe; una fe no madura. Parece que no comprenden la calidad de Jesús Hombre-Dios.

Ayudados por las representaciones culturales y religiosas de su tiempo, creerle a Jesús debió de ser más fácil para los discípulos que para nosotros. Nuestras representaciones religiosas y sociales han cambiado. Vivimos un franco materialismo y secularismo, a través de los cuales leemos todo el acontecer. Entonces, lo que para aquellos discípulos era algo extraordinario, un milagro, puede ser leído por nosotros como un efecto del cambio climático.

Aun así, lo que vieron los discípulos es lo mismo que nosotros podemos ver: que Jesús nos llama a cruzar las fronteras de nuestras propias representaciones para encontrar la verdad y para reorientar nuestra vida.

Acaso suene extraño, pero… ¿por qué no nos atrevemos a cruzar las propias seguridades de la ciencia? ¿Y por qué no las de la fe?

Igual que entonces, sabemos que Jesús es Dios, Él es la puerta para cruzar más allá de cualquier tempestad; y sobre todo, entendemos que si algo le urge al mundo, es creer.

¿Te atreves a vencer el miedo, a cruzar a la otra orilla? ¿Te atreves a creer?

Oración:

Señor Jesús, me fascina la idea de cruzar más allá de lo que alcanzo a comprender. Ayúdame a confiar de manera incondicional en ti. Más aún, cuando las tempestades nublan mi entendimiento y me llenan de miedo.

Permite que en mi hogar siempre vayamos contigo a bordo de esa barca que es la Iglesia, y en la que tú, en el momento necesario, nos descubrirás el horizonte para ver el nuevo mundo al que nos estás llevando. Señor Jesús, ¡qué bella es la fe con que nos amas y nos salvas! Amén.

Cuidemos nuestras comunidades

Miércoles 12° Ordinario. Mateo 7,15-20

~ Guárdense de los falsos profetas, que vienen a ustedes con disfraces de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces. Por sus frutos los conocerán. ¿Acaso se recogen uvas de los espinos o higos de los abrojos? Así, todo árbol bueno da frutos buenos, pero el árbol malo da frutos malos. Un árbol bueno no puede producir frutos malos, ni un árbol malo producir frutos buenos. Todo árbol que no da buen fruto, es cortado y arrojado al fuego. Así que por sus frutos los reconocerán. ~

La comunidad ha de cuidarse de los influjos externos. Poner atención a los falsos profetas, pastores y doctores que no tienen otro interés en la comunidad, que el bien propio. Este tipo de personas, hablan en nombre de Dios a la comunidad; y aunque su lenguaje es atrayente y apacible, su interior está lleno de egoísmo y sus deseos son sin escrúpulos. A estos los delatan sus obras y sus palabras engañosas.

En nuestro tiempo, tenemos la misma necesidad: Cuidar la comunidad familiar y la comunidad social, de frente a la abrumadora oferta de “nuevos falsos profetas y pastores”. Nunca como hoy podemos distinguir que las estadísticas de seguidores, en cualquier ideología, comporta un valor y posicionamiento político o de control. Quizás convenga revisar si las últimas influencias en nuestro santuario del hogar o de la comunidad social, vienen de falsos profetas. Ya sabemos cómo descubrirlos: su voz es suave, atrayente y apacible pero sus obras y sus intenciones son sin escrúpulo. Los nuevos disfraces de oveja, pueden venir en colores de una bandera, un asistencialismo, un pequeño compromiso político o de proselitismo.

¿Cómo cuidar la comunidad? Creo que cada familia y comunidad social, sabe muy bien lo que lleva en sus raíces y el valor de su vida espiritual y social; que esto sirva para saber cuándo abrir la puerta y cuándo no. Y si hay necesidad de desenmascarar a un lobo vestido de oveja.

Otra manera de cuidar la comunidad, es revisar si los frutos de sus miembros y de sus dirigentes, son buenos. ¿Cómo se sabe si son frutos buenos o malos? Se les reconoce como tales, si sirven o no para la vida. Si procuran vida a la comunidad o solo pena y muerte. Si lo que me aporta mi compañero de comunidad y mi dirigente o pastor, me sirve para vivir mejor, para ser libre y para crecer como persona; o, si por el contrario, me hace sentir prisionero de algo que en principio no necesito ni pedí.

Para ser más específicos, los frutos a que se refiere Jesús, son los que pasamos hace poco, los de las bienaventuranzas: el perdón, el amor a todos, incluso al enemigo, dar sin que nos pidan, cuando vemos la necesidad y sin esperar nada a cambio, la oración, no juzgar ni condenar.

¡Cuidemos nuestras comunidades! Estemos seguros que será un gozo inmenso.

Oración:

Señor Jesús, no siempre he sido custodio de mi familia ni de mi sociedad. Me has hecho pensar en el futuro de mis hijos y del mundo. De veras que necesitamos estar muy atentos. Gracias por prevenirme del influjo de los malos. Y gracias por recordarme que debo ser como un árbol de buenos frutos. Apenas me pregunté: ¿Cuáles buenos frutos entregué a mi familia y a la sociedad en este mes? Y me di cuenta que eran pocos. Ayúdame a estar vigilante, a producir muchos frutos de amor y a cuidar nuestras comunidades.

Permite que en casa, con los míos, también estemos atentos a la vida y que mantengamos tu proyecto de comunidad. Amén.

Cómo ver con buenos ojos

Lunes 12° Ordinario. Mt 7,1-5

~ No Juzguen para que no sean juzgados. Porque con el juicio con que juzguen serán juzgados, y con la medida con que midan serán medidos. ¿Cómo es que miras la astilla que hay en el ojo de tu hermano, y no reparas en la viga que llevas en el tuyo? O ¿Cómo vas a decir a tu hermano: deja que te saque la astilla del ojo, teniendo la viga en el tuyo? Hipócrita, saca primero la viga de tu ojo, y entonces podrás ver para sacar la astilla del ojo de tu hermano. ~

A partir de este evangelio, podemos entender los criterios de una vida comunitaria; ya sea familiar o social. Nuestro gran defecto puede ser la falta de amor (la imagen de la viga) ¿Cuántas veces hemos roto relaciones con alguien, porque tiene cualquier defecto, a veces igual que el nuestro? Se deduce que cuando rompemos con un hermano, por algo tan simple, rompemos también con Dios.

Vivir en la amistad con Dios, debería llevarnos a no condenar a los demás. Es probable que los discípulos de Jesús necesitaran esta advertencia, ante el peligro de creerse superiores y apartarse de los demás. Igual nosotros, parece que con frecuencia, nos erigimos como una élite y se nos hace fácil condenar a los demás.

Podemos encontrar muchas razones para no condenar a nadie. Veamos aquí las siguientes:

-Solo a Dios compete juzgar, porque sólo él conoce el corazón de cada uno de nosotros. Si juzgamos, es porque somos irresponsables. Y de ser así, estaríamos peor que aquellos a quienes hemos condenado.

-La medida con que tazamos a los demás, se usará contra nosotros. No porque Dios tome revancha, sino porque nosotros mismos nos hemos tazado en la consecución de las condenas y hemos excluido la medida misericordiosa de Dios.

-Porque todos somos imperfectos, y es probable que nosotros lo seamos más que aquellos a quienes juzgamos.

La actitud de juzgar nos viene de falta de amor, y aparece debido a nuestra ceguera. Con una viga atravesada en el ojo (la falta de amor y de misericordia), jamás podremos ver con buenos ojos a nadie.

Parece que hoy, tenemos el vicio de juzgar. Es probable que la mayor parte de las veces, lo hagamos por inseguros, porque nos sentimos pequeños e insignificantes, o simplemente para justificar nuestros propios errores. Si además de eso descubrimos que juzgamos por falta de amor… entonces, tenemos mucho trabajo espiritual por delante. Nos conviene sacar la viga, y ver con claridad.

Veamos con buenos ojos…, dejemos que Dios haga su parte.

Oración:

Señor Jesús, gracias por invitarme a mirar con justicia de amor, con misericordia. Me arrepiento de tantos juicios temerarios y condenatorios que he realizados en contra de mis hermanos. Me duele entender hoy que juzgando así, los condené; y lo más importante: que cuando yo juzgaba, en realidad era a mí a quien condenaba. Me falta tu amor de misericordia, dámelo Señor, y ayúdame en un extremo de mi viga para removerla de mi corazón.

Permite que en nuestro hogar, aprendamos a retener y excluir los juicios contra nadie y que aprendamos a leer el corazón de nuestros hermanos, con amor de misericordia. Amén.

Preocupaciones que no quitan el sueño

Sábado 11° Ordinario. Mateo 6, 24-34

~ Nadie puede servir a dos señores; porque aborrecerá a uno y amará al otro; o bien se entregará a uno y despreciará al otro. No pueden servir a Dios y al Dinero. Por eso les digo: No anden preocupados por su vida, qué comerán, ni por su cuerpo, con qué se vestirán. ¿No vale más la vida que el alimento, y el cuerpo más que el vestido? Miren las aves del cielo: no siembran, ni cosechan, ni recogen en graneros; y su Padre celestial las alimenta. ¿No valen ustedes más que ellas? por lo demás, ¿quién de ustedes puede, por más que se preocupe, añadir un solo codo a la medida de su vida? Y del vestido, ¿por qué preocupase? Observen los lirios del campo, cómo crecen; no se fatigan, ni hilan. Pues yo les digo que ni Salomón, en toda su gloria, se vistió como uno solo de ellos. Y si a la hierba del campo, que hoy es y mañana se echa al horno, Dios así la viste, ¿no lo hará mucho más con ustedes, hombres de poca fe? No anden, pues, preocupados diciendo: ¿Qué vamos a comer?, ¿qué vamos a beber?, ¿con qué vamos a vestirnos? Que por todas esas cosas se afanan los gentiles; pues ya sabe su Padre celestial que tienen necesidad de todo eso. Busquen primero el Reino y su justicia, y todas esas cosas se les darán por añadidura. Así que no se preocupen del mañana: el mañana se preocupará de sí mismo. Cada día tiene bastante con su propia dificultad. ~

Los que han renunciado a todo, no pueden estar preocupados por lo material. Dios es generoso con todas sus criaturas, pero lo es de manera especial por quienes tratan de ser fieles.

El Evangelio que leemos hoy, nos permite imaginar la manera en que Dios actúa en nosotros y en nuestra vida cotidiana. Va más allá de la sola providencia. Se trata del don de Dios; pero un don en el que Él mismo se da. Así, el dador es más precioso que el mismo don. Por tanto, si Dios se nos da, todo lo demás viene por añadidura.

Pensemos que las veces en que hemos recibido a Dios, las veces cuando constatamos que el don más grande es su amistad, su presencia y su amor. Es probable que Jesús hubiera querido que sus discípulos aprendieran esto: a pedir y custodiar siempre el mejor don. Y además de eso, a vivir libres de preocupaciones ociosas.

¿Qué preocupaciones nos quitan el sueño? ¿Cuál debería ser nuestra gran preocupación? ¿De qué, tenemos necesidad?

La preocupación prioritaria, desde hace dos mil años, para quienes seguimos a Jesús, es que se haga realidad la justicia y la paz del Reino de Dios; es decir, que Dios reine en nuestro día a día, como personas, familia y comunidad. Lo demás vendrá como resultado de la presencia continua de Dios. Por eso hay que “buscar el Reino de Dios”.

De la expresión: cada día tiene bastante con su propia dificultad, recojamos la idea de vivir en el presente a plenitud, porque al día de mañana, no le faltará la solicitud del Padre Dios.

¿En qué te preocupas tanto, que no te deja inteligencia y amor para gozar lo más precioso que Dios te da?

Oración:

Señor Jesús, reconozco que me preocupo por cosas de poco valor. Mi necesidad de controlar en mi trabajo y en mi familia, me lleva a perder de vista lo más importante de mi vida. Ayúdame a salir de esta visión cerrada. Que aprenda a confiarme en ti, a abandonarme en tus manos y a experimentar la libertad que da esta confianza.

Permite que junto con los míos, en casa, dejemos de preocuparnos de tonterías, y empecemos a ser libres, preocupados solo por agradarte, servir y amar. Amén.

La más grande riqueza: poseer mi espíritu

Viernes 11° Ordinario. Mateo 6, 19-23

~ No acumulen riquezas en este mundo; las riquezas de este mundo se apolillan y se echan a perder y los ladrones entran y las roban. Más bien acumulen riquezas en el cielo, donde ni polilla ni carcoma los echan a perder, donde los ladrones no abren boquetes ni roban. Pues donde tengas tus riquezas, allí tendrás también el corazón. Los ojos son la luz del cuerpo. Si tus ojos son limpios, todo tú serás luminoso; pero, si en tus ojos hay maldad, todo tú serás oscuridad. Y si lo que en ti debería ser luz no es más que oscuridad, ¡qué negra será tu propia oscuridad! ~

Encontramos en este texto, el desarrollo de la primera bienaventuranza: bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos (5,3). Quienes desean vivir la realidad del Reino, están llamados a renunciar de manera concreta a la riqueza. Y es que el Reino tiene este imperativo de moldear la personalidad de quienes se integran como ciudadanos. Si aceptamos que el hombre se define por los valores que estima y las seguridades que busca, entendemos que Jesús nos perfila libres del afecto a los bienes materiales.

Pero no se trata solo de dejar de acumular riquezas, sino de cambiar de estilo de vida. Ahora una vida generosa en la que, en lugar de atesorar-embodegar bienes, compartamos las riquezas.

Si lo pensamos bien, el momento histórico que nos toca vivir, necesita mucho de estas maneras. Si tan solo los que más tienen abrieran un poco sus arcas, aligerarían el drama de la pobreza universal y la crisis de economía en la que nos encontramos atorados. Sin embargo, el texto evangélico va más lejos. Lo que está en juego no es solo el factor material, sino nuestra fidelidad a Dios. Este es el punto de llegada de Jesús, quien atesora desordenadamente, se convierte en un idólatra de los bienes materiales; estos se convierten en su dios.

El verdadero tesoro del ser humano, no se puede acumular, lo trae en sí mismo. Es el don de Dios y su sabiduría para discernir lo que es eterno de lo que es perecedero, lo que nos es propio y lo ajeno. Podríamos medirnos en una balanza: ¿Cuánto llevo conmigo que me es propio, y cuanto lo ajeno? Y así sabré que tan libre soy y qué tan auténtica es mi vida.

No acumular riquezas, no está peleado con ser previsores, ni con dejar de gozar de los bienes materiales; pero sí lo está con la posesión y el uso que hacemos de estos bienes. Pues lo más importante para el verdadero discípulo de Jesús, es la posesión de su espíritu que se basa en no depender de los bienes materiales.

Nos damos cuenta que la más grande riqueza que tenemos, es la posesión de nuestro espíritu; esa posesión que no se ve afectada por las riquezas materiales, sino por la experiencia del amor.

Oración:

Señor Jesús, no sé qué tan rico soy en mi espíritu, a veces siento miedo de pasar la prueba. Ayúdame a depender cada vez menos, de los bienes materiales. Que pueda descasar cada día confiado en que tú nunca me abandonas. Que mi riqueza seas tú y tu proyecto, que logre ser dueño y señor de mí mismo para vivir sin otras necesidades.

Permite que los míos experimenten la pobreza espiritual, que juntos gocemos de no acumular, sino de repartir, de hacer de nuestras vidas, una continua ofrenda de amor. Amén.

Nuestro interior

Miércoles 11° Ordinario. Mateo 6, 1-6.16-18

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: Cuiden de no practicar su justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos; de lo contrario no tendrán recompensa de su Padre celestial. Por tanto, cuando hagas limosna, no lo vayas trompeteando por delante como hacen los hipócritas en las sinagogas y por las calles, con el fin de ser honrados por los hombres; en verdad les digo que ya recibieron su paga. Tú, en cambio, cuando hagas limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha; así tu limosna quedará en secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará. Y cuando oren, no sean como los hipócritas, que gustan de orar en las sinagogas y en las esquinas de las plazas bien plantados para ser vistos de los hombres; en verdad les digo que ya recibieron su paga. Tú, en cambio, cuando vayas a orar, entra en tu aposento y, después de cerrar la puerta, ora a tu Padre, que está allí, en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará. Cuando ayunes, no pongas cara triste, como los hipócritas, que desfiguran su rostro para que los hombres vean que ayunan; en verdad les digo que ya recibieron su paga. Tú, en cambio, cuando ayunes, perfuma tu cabeza y lava tu rostro, para que tu ayuno sea visto, no por los hombres, sino por tu Padre que está allí, en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará.

Jesús va contra el modo de proceder de los fariseos, que realizaban obras de piedad para ganar prestigio y poder, y  tener así la posibilidad de manipular al pueblo.

En el centro se encuentra la llamada a cuidar nuestro interior, como lugar sagrado y como realidad que nos permite ser auténticos. Los hipócritas, a quienes se refiere Jesús, son estos que ejecutan acciones que no corresponden a su actitud interior. Como dar limosna sin recta intensión, orar con palabrería, solo para apantallar; o ayunar sin la mínima intensión de agradar a Dios.

Es natural que cuando realizamos una obra buena, nos sale por instinto, el deseo o la necesidad de ser reconocidos. Pero hay que tener cuidado, porque esto nos encierra en nosotros mismos y nos vacía del sentido con que hemos obrado el bien. La finalidad del bien realizado, no es la satisfacción egoísta de nuestra persona, o el gozo de recibir estima y admiración, sino el amor de Dios y nuestra relación “secreta, interior”, con Él. Hemos de entender que las buenas obras tienen su origen en Dios y no en nosotros, por tanto, le pertenecen a Él.

Si lo pensamos bien, descubriremos que tenemos abandonado nuestro interior. Es necesario cuidar este lugar de encuentro con nosotros mismos y con Dios. Y vivir lanzados hacia afuera, plasmándonos en los demás con nuestras buenas obras, pero solo una vez que lo hemos hecho vida y oración en el corazón, en nuestra realidad interior; en lo secreto, donde nuestro Padre nos recompensará.

Oración:

Señor Jesús, gracias por decir “Hipócritas”, porque a veces me comporto como tal. Ayúdame a recuperar mi vida y mi identidad interior; que yo sea auténtico, que mis actos nazcan no de la vanagloria sino del amor, la verdad y la libertad con que me hablas en mi corazón.

Permite que junto con los míos, hagamos vida esta bella propuestas. Que entremos en nuestro aposento interior, y allí en lo secreto, nos hagas sentir tu paz. Amén.